Cospedal, repita conmigo: DESAHUCIO

Me entero de que la señora de Cospedal y su banda han prohibido a los suyos utilizar la palabra desahucio. DESAHUCIO. Ya vi también que el presidente del Gobierno del reino de España se la ahorró en el debate sobre el estado de la nación. En el estado de su nación, quién sabe dónde, no son relevantes.

Lo único que lamento, señora de Cospedal, es que usted no tenga ni la más pajolera idea de por qué una debería ahorrarse la palabra desahucio, no tener que nombrarla jamás. DESAHUCIO.

Hay palabras feas, palabras que te llenan la boca de estopa y los huesos de astillas, palabras cuyo uso embarra las sábanas claras de los niños. Yo lo sé bien. Usted no. DESAHUCIO.

Me entero de lo suyo tras pasar un rato en la Ciudad de la Justicia de Barcelona. La Ciudad de la Justicia, no sé si lo sabe, es el dibujo de un sicópata. Si no fuera porque aquí todo es muy pequeño, las dimensiones de todo son reducidas, sería un buen retrato del infierno. Nuestros infiernos, qué le voy a contar, están llenos de pasillos pulcros y extraños pululantes sin futuro. Como yo. Yo voy allí como delincuente. Mi delito concluye en esa palabra que no manchará sus labios, flor de estercolero. DESAHUCIO.

La chica que me atiende lleva lo que se llama manicura francesa, y que consiste, como nuestros infiernos, en ponerle una capa blanca a la punta negra de las uñas. La palabra desahucio tiene restos de azufre bajo las zarpas, un aroma maldito y blasfemo que entiendo que le ofenda, a usted que guarda en el armario castellano peineta y mantilla para usos romanos. Y la certeza de que lo que no se nombra no existe, avalada por siglos de obediencia y silencio de sacristía. Pruebe, pruebe usted a decirla -DESAHUCIO- a la hora de tapar a los niños, cuando los lobos de sus pesadillas acechan tras la cortina de colores. Pruebe solo a pensarla -DESAHUCIO- cuando por fin llega a casa y necesita el aroma de bañera y deberes de mates, de tortilla francesa para la cena.

A mí me habría gustado poder permitirme, como hacen ustedes, no usar jamás la palabra DESAHUCIO. Ya habrá visto cómo deja este artículo, hecho una basura, un barrizal inmundo, pero no ha sido así. La uso cada día. A la chica de uñitas en blanco le digo “Vengo por lo de mi DESAHUCIO”, y cabecea como quien entiende. Luego llego a casa y comento “lo del DESAHUCIO”, y lo hago en panfletos, artículos, libros, televisiones, radios, ycuando me quede sin voz lo pintaré por las paredes de los edificios públicos. ¡Escúcheme, carajo!: DESAHUCIO, DESAHUCIO, DESAHUCIO, DESAHUCIO, DESAHUCIO, DESAHUCIO, DESAHUCIO, DESAHUCIO, DESAHUCIO, DESAHUCIO, DESAHUCIO.

Qué feo, ¿no? Pues cuanto más se lo callen ustedes, más lo gritaremos aquellos que no estamos acostumbrados al silencio y la mantilla, los que sabemos hacer que las cosas existan. Porque nuestro desahucio es su vergüenza, y su silencio proclama a gritos el tamaño de su ineptitud.

Artículo del blog ELLAS del mundo (Cristina Fallaras) http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/ellas/2013/02/27/cospedal-repita-conmigo-desahucio.html

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